Luna Lunera
Cuando era niño, la Luna era para mí el equivalente del Ángel de la Guarda. En las noches le cantaba antes de dormir como una plegaria para que me acompañara desde lo alto y cuidara de mi sueño. Mi Luna lunera, la cascabelera. Fue con gran desilusión que aprendí con los años que realmente Ella no me seguía como pensaba, cuando en las noches, recostado en el asiento trasero del carro viéndola aparecer por la ventana en cada esquina por la que girábamos, yo sentía su compañía y veía su afán por estar siempre conmigo.
Ahora, en mis años de madurez, me aferro más que nunca a estos mitos que alguna vez infundieron mi imaginación de magia y misticismo. Y aunque ya no le canto a la Luna, en las noches cuando camino sólo por la calle, me gusta pensar que la Luna recorre el camino conmigo, prestándome la misma compañía que me prestó alguna vez en mi niñez.
Luna lunera, mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día.
Ahora, en mis años de madurez, me aferro más que nunca a estos mitos que alguna vez infundieron mi imaginación de magia y misticismo. Y aunque ya no le canto a la Luna, en las noches cuando camino sólo por la calle, me gusta pensar que la Luna recorre el camino conmigo, prestándome la misma compañía que me prestó alguna vez en mi niñez.
Luna lunera, mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día.


