Cenizas
Tomé uno de los libros de la repisa. Los libros restantes de la obra de Oliver Sacks se inclinaban hacia el nuevo espacio vacío. Al regresar a sus escritos, estaba recolectando mis pasos: llevaba algún tiempo pensando que si realmente quería escribir, debía explorar el género del ensayo; recordando el estilo elegante y conciso de la escritura de Sacks, quise buscar inspiración en su obra. Abrí el libro en el prefacio y comencé a leer. Poco después de ojear los primeros párrafos, el miedo se apoderó de mí: mi mente conjuraba todo tipo de pensamientos aterradores en los que me proyectaba hacia un futuro oscuro y desierto. Pronto, la conocida sensación de ansiedad empezaba a somatizarse: la angustia se apoderaba del ritmo cardiaco de mi corazón y mi pierna saltaba nerviosamente. Tuve que poner el libro de vuelta en su espacio y tratar de contener mis pensamientos, los cuales se alejaban cada vez más de la supervisión de mi razón.
Mi primer encuentro con Oliver Sacks ocurrió en Montreal hace algunos años. En ese entonces, había abierto uno de sus libros para leer la historia de una prostituta, quien, en sus años de vejez, había comenzado a experimentar algunos de los síntomas de una sífilis rezagada. La historia, de una u otra manera, era una celebración de las anormalidades que generaba la enfermedad en su comportamiento. De hecho, la anciana confesaba su deseo de mantenerse en su estado “doliente”. Sin embargo, en esta ocasión había acertado con el libro más personal de Sacks: Con una sola pierna. Su relato era aterrador: tras tener un accidente causado esencialmente por el pánico, Sacks sufre una lesión en la pierna que lo lleva a desarrollar un trauma psicológico mediante el cual desasocia su extremidad del resto de su cuerpo. De ésta manera, su pierna se convierte en una extensión inerte de su organismo.
El caso de Sacks me aterra por distintas razones. Contrario a la percepción de la psyche que tenía aquella primera vez que leí su obra, ahora la veo cada vez más frágil, con mayor necesidad de atención y cuidado. Ya no me aproximo a sus historias como un espectador distante, sino que simpatizo con las dolencias de sus pacientes, las cuales percibo cada vez más concebibles, más reales. El elemento hipocondríaco de mi psyche se nutre de estas historias para atormentarme con pensamientos obsesivos, en los que entran tantas variables que resulta imposible intentar dilucidarlas racionalmente. En su intento, la razón se desborda, desencadenando en un ataque de pánico.
No es difícil vislumbrar la manera en que mi reacción a la obra de Sacks refleja la condición de mi psyche. Si el diagnóstico es correcto, sufro de ansiedad, palabra cual, desde mi punto de vista, debe haber sido inventada para reunir los conceptos de “angustia”, “miedo”, “fatalismo”, “paranoia”, “obsesión”, y, como extensión de éste, “hipocondría”. Mi miedo no consiste en que mi pierna deserte mi supervisión (aunque la idea en sí es aterradora); mi miedo es mucho menos focalizado: un día puede ser un temor irracional a que una paloma se estrelle contra mí en medio vuelo, otro día puede manifestarse con síntomas de claustrofobia, y así sucesivamente. El elemento común en todas estas aberraciones es el fatalismo (el cual, supongo, debe ser uno de los síntomas centrales de la depresión), aunque en mi caso, viene acompañado de una abrumadora sensación de angustia. Las pesadillas a las que me somete la ansiedad desde hace algún tiempo, en ciertas ocasiones durante el día, y en otras durante la noche, me proyectan a un futuro en el que solo me sobreviven mis cenizas.
Desde entonces, me he dedicado a cultivar mis cenizas, recolectarlas, materializarlas. Las esparzo entre las comas y los puntos, los Do Menores y Si Mayores, los blancos y los negros del espectro. Todo esto en espera de ser salvado, ya sea por virtud de las meditaciones que conllevan esta labor, o por intervención divina, en cualquiera de sus más misericordiosas manifestaciones.
Mi primer encuentro con Oliver Sacks ocurrió en Montreal hace algunos años. En ese entonces, había abierto uno de sus libros para leer la historia de una prostituta, quien, en sus años de vejez, había comenzado a experimentar algunos de los síntomas de una sífilis rezagada. La historia, de una u otra manera, era una celebración de las anormalidades que generaba la enfermedad en su comportamiento. De hecho, la anciana confesaba su deseo de mantenerse en su estado “doliente”. Sin embargo, en esta ocasión había acertado con el libro más personal de Sacks: Con una sola pierna. Su relato era aterrador: tras tener un accidente causado esencialmente por el pánico, Sacks sufre una lesión en la pierna que lo lleva a desarrollar un trauma psicológico mediante el cual desasocia su extremidad del resto de su cuerpo. De ésta manera, su pierna se convierte en una extensión inerte de su organismo.
El caso de Sacks me aterra por distintas razones. Contrario a la percepción de la psyche que tenía aquella primera vez que leí su obra, ahora la veo cada vez más frágil, con mayor necesidad de atención y cuidado. Ya no me aproximo a sus historias como un espectador distante, sino que simpatizo con las dolencias de sus pacientes, las cuales percibo cada vez más concebibles, más reales. El elemento hipocondríaco de mi psyche se nutre de estas historias para atormentarme con pensamientos obsesivos, en los que entran tantas variables que resulta imposible intentar dilucidarlas racionalmente. En su intento, la razón se desborda, desencadenando en un ataque de pánico.
No es difícil vislumbrar la manera en que mi reacción a la obra de Sacks refleja la condición de mi psyche. Si el diagnóstico es correcto, sufro de ansiedad, palabra cual, desde mi punto de vista, debe haber sido inventada para reunir los conceptos de “angustia”, “miedo”, “fatalismo”, “paranoia”, “obsesión”, y, como extensión de éste, “hipocondría”. Mi miedo no consiste en que mi pierna deserte mi supervisión (aunque la idea en sí es aterradora); mi miedo es mucho menos focalizado: un día puede ser un temor irracional a que una paloma se estrelle contra mí en medio vuelo, otro día puede manifestarse con síntomas de claustrofobia, y así sucesivamente. El elemento común en todas estas aberraciones es el fatalismo (el cual, supongo, debe ser uno de los síntomas centrales de la depresión), aunque en mi caso, viene acompañado de una abrumadora sensación de angustia. Las pesadillas a las que me somete la ansiedad desde hace algún tiempo, en ciertas ocasiones durante el día, y en otras durante la noche, me proyectan a un futuro en el que solo me sobreviven mis cenizas.
Desde entonces, me he dedicado a cultivar mis cenizas, recolectarlas, materializarlas. Las esparzo entre las comas y los puntos, los Do Menores y Si Mayores, los blancos y los negros del espectro. Todo esto en espera de ser salvado, ya sea por virtud de las meditaciones que conllevan esta labor, o por intervención divina, en cualquiera de sus más misericordiosas manifestaciones.

que puedo decirte..leer tu blog se ha convertido en casi una costumbre y esta se hace mas fuerte al leer posts como este...aparte de que por alguna razón me identifico con mucho de lo que escribes tengo que decirte que como escritor te iría muy bien..
13.02
Okay, Scipio, time for a post in English :-) Hope alls well with you.