Palabras de despedida para los solteros
NICOLÁS:
Hace un año, durante la fiesta de matrimonio de Andrés, Rodrigo se nos acercó con la camisa abierta y un tanto ebrio. Nos abrazo y nos dijo en ese tono típico de borracho: “ustedes me van a casar”. Le seguimos la corriente pensando que al otro día, enlagunado y enguayabo, se le olvidaría la conversación. Pero los desmemoriados éramos nosotros. Olvidábamos que Rodrigo es un hombre de palabra, por no llamarlo un tipo terco, obstinado, que ha hecho siempre lo que se le da la gana. En el colegio decidió raparse, dejarse una colita y vestirse de hare krishna. Durante meses hizo creer hasta al rector que se había vuelto budista. Por eso, tampoco nos sorprendió verlo disfrazado en el matrimonio de Andrés y Ana con un traje, una corbata, unos zapatos y un sombrero de mago Fabriani mas blancos que el vestido de la novia. Por poco le quita el titulo del personaje más virginal del evento. Ahora, solo faltaba que quisiera casarse así, sin cura ni notario a bordo, sino con los dos más blasfemos de sus amigos, los mismos que no tuvieron otro remedio que acolitarle el asunto cuando unos meses después, absolutamente sobrio, nos contó que le había propuesto matrimonio a Marisa y que seguía en pie lo de casarlo.
ANDRÉS:
Pero faltaba que Marisa aceptara cambiar el sermón conmovedor de un sacerdote o el discurso de un respetable notario por las ocurrencias de nosotros dos que ya habíamos protagonizado ridículos como la serenata que le dimos a Ana disfrazados de mariachis. Cada vez que la veíamos la amenazábamos con llevarle un coro de enanos que le cantara Arroz con Leche durante la ceremonia, un monaguillo de un metro 20 cubierto en incienso o un cura diminuto en zancos y sotana. En fin, cualquier personaje que rompiera el protocolo y evitara los bostezos propios de una misa. Nada de eso sirvió para escapar de nuestro compromiso. Olvidábamos, ahora, que junto a un gran demente como Rodrigo solo podía haber una gran alcahueta como Marisa. No tuvimos otro remedio que vencer el pánico escénico, aceptar su voto de confianza y preguntarles si existía alguna razón especial para que nosotros los casáramos, en vez de una verdadera autoridad en materias matrimoniales.
NICOLÁS:
Nos explicaron que ni el Estado ni Dios habían compartido con ellos estos siete años de noviazgo, y que ninguno de ellos los acompañaría en su futuro como esposos. Nosotros, al igual que su familia y el resto de sus amigos, fuimos testigos y cómplices de su relación. Por esa razón, prefirieron encomendarse a nosotros que a cualquier desconocido. Y Tenían razón. Me atrevería a decir que cada uno de nosotros ha participado en la cadena de eventos que tejieron esta unión y tiene con cada uno de ellos recuerdos imposibles de olvidar. Personalmente, aun recuerdo el día en que Rodrigo, en represalia por un loncherazo que le había dado hacia unos seis meses, decidió acudir, en medio de su furia, a un lápiz para acabar con mis cortos seis años de vida. Podría relatar también la historia de la vez que conocí a Marisa por primera vez, y para asegurarme de causar una buena impresión, regué un tarro de cera roja en el tapete de su sala. No puedo evitar pensar que soy el culpable de que Beatriz hubiera tenido que reemplazar el tapete por uno, digamos, menos colorido.
ANDRÉS
Después de imaginarnos mil ceremonias absurdas, de revisar la Biblia, el Código Civil y hasta los ritos matrimoniales de los Picapiedra, nos dimos cuenta de que éramos absolutamente incapaces de casarlos. No solo por incompetentes o herejes sino por una razón más de fondo. Nosotros los puyamos una y mil veces para que se casaran, pero fueron solo ustedes los que finalmente decidieron meterse en ese lío. Mejor dicho, la decisión es suya, son ustedes los que se casan y los que deberán renovar cada día su relación. Nosotros solo somos testigos y cómplices de ese compromiso. Por eso, antes que casarlos, preferimos despedir su feliz vida de solteros con unas palabras de algunos de sus familiares y amigos y dejar que sean ustedes quienes luego sellen su unión.
Hace un año, durante la fiesta de matrimonio de Andrés, Rodrigo se nos acercó con la camisa abierta y un tanto ebrio. Nos abrazo y nos dijo en ese tono típico de borracho: “ustedes me van a casar”. Le seguimos la corriente pensando que al otro día, enlagunado y enguayabo, se le olvidaría la conversación. Pero los desmemoriados éramos nosotros. Olvidábamos que Rodrigo es un hombre de palabra, por no llamarlo un tipo terco, obstinado, que ha hecho siempre lo que se le da la gana. En el colegio decidió raparse, dejarse una colita y vestirse de hare krishna. Durante meses hizo creer hasta al rector que se había vuelto budista. Por eso, tampoco nos sorprendió verlo disfrazado en el matrimonio de Andrés y Ana con un traje, una corbata, unos zapatos y un sombrero de mago Fabriani mas blancos que el vestido de la novia. Por poco le quita el titulo del personaje más virginal del evento. Ahora, solo faltaba que quisiera casarse así, sin cura ni notario a bordo, sino con los dos más blasfemos de sus amigos, los mismos que no tuvieron otro remedio que acolitarle el asunto cuando unos meses después, absolutamente sobrio, nos contó que le había propuesto matrimonio a Marisa y que seguía en pie lo de casarlo.
ANDRÉS:
Pero faltaba que Marisa aceptara cambiar el sermón conmovedor de un sacerdote o el discurso de un respetable notario por las ocurrencias de nosotros dos que ya habíamos protagonizado ridículos como la serenata que le dimos a Ana disfrazados de mariachis. Cada vez que la veíamos la amenazábamos con llevarle un coro de enanos que le cantara Arroz con Leche durante la ceremonia, un monaguillo de un metro 20 cubierto en incienso o un cura diminuto en zancos y sotana. En fin, cualquier personaje que rompiera el protocolo y evitara los bostezos propios de una misa. Nada de eso sirvió para escapar de nuestro compromiso. Olvidábamos, ahora, que junto a un gran demente como Rodrigo solo podía haber una gran alcahueta como Marisa. No tuvimos otro remedio que vencer el pánico escénico, aceptar su voto de confianza y preguntarles si existía alguna razón especial para que nosotros los casáramos, en vez de una verdadera autoridad en materias matrimoniales.
NICOLÁS:
Nos explicaron que ni el Estado ni Dios habían compartido con ellos estos siete años de noviazgo, y que ninguno de ellos los acompañaría en su futuro como esposos. Nosotros, al igual que su familia y el resto de sus amigos, fuimos testigos y cómplices de su relación. Por esa razón, prefirieron encomendarse a nosotros que a cualquier desconocido. Y Tenían razón. Me atrevería a decir que cada uno de nosotros ha participado en la cadena de eventos que tejieron esta unión y tiene con cada uno de ellos recuerdos imposibles de olvidar. Personalmente, aun recuerdo el día en que Rodrigo, en represalia por un loncherazo que le había dado hacia unos seis meses, decidió acudir, en medio de su furia, a un lápiz para acabar con mis cortos seis años de vida. Podría relatar también la historia de la vez que conocí a Marisa por primera vez, y para asegurarme de causar una buena impresión, regué un tarro de cera roja en el tapete de su sala. No puedo evitar pensar que soy el culpable de que Beatriz hubiera tenido que reemplazar el tapete por uno, digamos, menos colorido.
ANDRÉS
Después de imaginarnos mil ceremonias absurdas, de revisar la Biblia, el Código Civil y hasta los ritos matrimoniales de los Picapiedra, nos dimos cuenta de que éramos absolutamente incapaces de casarlos. No solo por incompetentes o herejes sino por una razón más de fondo. Nosotros los puyamos una y mil veces para que se casaran, pero fueron solo ustedes los que finalmente decidieron meterse en ese lío. Mejor dicho, la decisión es suya, son ustedes los que se casan y los que deberán renovar cada día su relación. Nosotros solo somos testigos y cómplices de ese compromiso. Por eso, antes que casarlos, preferimos despedir su feliz vida de solteros con unas palabras de algunos de sus familiares y amigos y dejar que sean ustedes quienes luego sellen su unión.

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