Onírico


Hay días en los que me resulta verdaderamente difícil levantarme de la cama. Muchas veces, el prospecto del día no es suficientemente atractivo como para dejar de un lado las cobijas calientes y ahuyentar las imágenes oníricas que aún merodean en mi duermevela. En esas ocasiones, la idea de la ducha caliente es mi único consuelo para levantarme.

Pero esto no siempre ha sido así. De niño, la cama me generaba un verdadero rechazo. En la noche, siempre quería continuar despierto hasta las más altas horas, entusiasmado con cosas tan simples como la conversación de los adultos que se prolongaba hasta las altas horas. En las mañanas, con la primera briza de conciencia, saltaba de la cama impulsado por la curiosidad de descubrir lo que deparaba el día. Así, mientras los adultos dormían, exploraba los rincones de la casa, viviendo todo tipo de fantasías.

¡Cómo han pasado los años! Mi gusto por prolongar la noche hasta sus últimas consecuencias continúa; en efecto, es de los pocos momentos que siento que son verdaderamente míos. En la cúspide de la noche, cuando el silencio invade hasta las esquinas más oscuras, mis pensamientos retumban más alto que nunca. Pero las mañanas son otra historia. He aprendido a darle indulgencia a los caprichos de mi duermevela, de manera que ajusto la alarma para que suene con 40 minutos de anticipación a la hora a la que realmente me debo levantar. De esta manera, se repite la misma rutina todas las mañanas: la alarma suena, aprieto el botón que la calla temporalmente por 5 minutos, vuelve a sonar, la callo, y así consecutivamente. Así trascurren los siguientes 40 minutos.

Mis excursiones oníricas han venido cambiando con el transcurso de los años. Las pesadillas recurrentes de mi niñez han desaparecido. Es así como el tren de mi infancia, que se acercaba desde la distancia para aplastarme con la proximidad de su sonido arrasador una y otra vez, se fue borrando de mi psique con los años. Éste fue reemplazado por la sensualidad de los sueños de mi adolescencia, y luego, por el surrealismo de las imágenes que ahora proyecta mi inconsciente en la noche. Las ciudades que construye mi psique, con su arquitectura exuberante, son ahora los destinos a los que me dirijo en mis sueños. Con el tiempo, he logrado erguir unas tres ciudades, cada una con características propias: canales, o grandes autopistas, sistemas de transporte subterráneo, edificios que se alzan hacia los cielos, o que se extienden con sus pisos de madera hacia adentro. Y sin embargo, a pesar de ser su arquitecto principal, o de que sean mi opus más magnánimo, nunca soy más que un turista en ellas. De eso se encarga el despertador, quien me secuestra de sus calles para confinarme a un sofá, donde despierto diariamente a la espera de retornar.

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